¿Unidad o arbitrariedad? Acerca del despotismo litúrgico en la diócesis de San Miguel
Sabemos por testimonio de quienes asisten a las parroquias de la diócesis de San Miguel que ya hace un buen tiempo se ha arraigado una preocupante y escandalosa tendencia: el uso del altar, del púlpito y del confesionario no como los instrumentos de transmisión de la Fe, misericordia divina y Gracia, sino como herramientas de disciplinamiento, calumnia y uniformidad arbitraria. Lo que la jerarquía presenta bajo el noble discurso de «fomentar la unidad» se traduce, en los hechos, en el maquillaje de un insoportable abuso de autoridad que no cesa de ofender a Dios y la Iglesia, de atropellar los derechos de los fieles y de marginar a los sacerdotes que simplemente quieren hacer lo que la Iglesia manda. El uso de la autoridad concedida por la Iglesia y por Dios para someter a las ovejas a los propios caprichos se paga caro en el Juicio Divino.
Los que nos hayan leído sabrán que nos hemos cansado de citar la dura advertencia del profeta Ezequiel a aquellos pastores que se apacientan a sí mismos y tiranizan al rebaño: «Vosotros coméis su leche y os vestís de su lana; matáis al gordo, pero no apacentáis el rebaño. No fortalecisteis a las ovejas débiles, no curasteis a las enfermas, no vendasteis a las perniquebradas, no condujisteis al redil a las descarriadas, no fuisteis en busca de las pérdidas, sino que las dominabais con violencia y crueldad» (Ez. 34, 3-4).
Hoy, esa dureza se descarga contra la piedad de los sencillos. El báculo de los misericordiosos cae implacable sobre las ovejas, el yugo de los inclusivos realmente es una carga insoportable.
Los testimonios se multiplican y exponen una realidad dolorosa. En la Catedral de San Miguel, la insistencia por prohibir la comunión de rodillas ha pasado de ser una "sugerencia" a convertirse en un hostigamiento directo y público. Fieles de todas las edades —desde jóvenes hasta mujeres mayores— han sido llamados aparte después de la Santa Misa o interpelados con severidad en la mismísima fila de comunión por el simple hecho de querer recibir de hinojos al Señor.
Las burdas justificaciones del párroco Francisco Occhiuzzi suelen oscilar según la conveniencia: a veces invoca el numeral 160 del Misal Romano (una adaptación local que no anula el derecho universal), otras veces lo disfraza de una presunta «nueva norma del arzobispado» e incluso se ha llegado a afirmar, de manera insólita, que estas directivas locales están «por encima del Derecho Canónico». Esto es falso; el derecho universal de la Iglesia ampara al fiel. La instrucción Redemptionis Sacramentum (2004) resulta tajante al respecto. En su numeral 91 establece: «Todo fiel tiene siempre derecho a recibir la Sagrada Comunión en la boca, y si la recibe de rodillas o de pie, corresponde al fiel, y no debe negársele la comunión por esto». Asimismo, el numeral 183 refuerza esta potestad inalienable: «A nadie le es lícito negar a un fiel la sagrada Comunión, por el mero hecho de que desee recibirla arrodillado o de pie».
Por otra parte, el hecho de cambiar según la ocasión la argumentación es muestra clara de que no hay voluntad de dilucidar la verdad sino que hay voluntad empecinada en intentar disfrazar con razonamientos lo que es una imposición despótica e ideológica.
Frente a esta obsesión controladora, la contradicción salta a la vista y adquiere forma de profunda hipocresía cuando se ve que, al mismo tiempo, se le da manga ancha a cuánto disparate doctrinal o abuso litúrgico sea posible. Mientras se persigue con celo burocrático y severo a quienes deciden comulgar de rodillas, las iglesias se transforman en escenarios de espectáculos profanos que distan mucho de la solemnidad litúrgica. Las imágenes de procesiones con muñecos gigantes de papel maché y cotillón dentro del templo —como ocurrió recientemente en la fiesta de Pentecostés— muestran una alarmante doble vara que llega al extremo del cinismo: aplausos y difusión para la desnaturalización del espacio sagrado, pero tolerancia cero, frialdad y rigidez para la piedad tradicional. Parece olvidarse el mandato divino: «[...] respetad mi Santuario. Yo soy Yahvé» (Lev. 19, 30).
Aquí el video:
Sumado a esto, nos llega la noticia de que Durante la festividad de la Virgen del Carmen el pasado 16 de julio, en la capilla ubicada en el barrio San Atilio (perteneciente a la diócesis de San Miguel), se vivió un hecho que transparenta, una vez más, las prioridades trastocadas y la falta de empatía de cierta jerarquía eclesiástica.
En una capilla caracterizada por la sencillez de sus fieles y la convivencia pacífica de diversas formas de piedad —donde coexisten quienes comulgan de pie, en la mano, en la boca o de rodillas—, el mismo obispo Damian Nannini decidió intervenir. Sin embargo, su atención no estuvo puesta en acompañar espiritualmente a la comunidad, sino en increpar públicamente a dos señoras mayores por el sencillo acto de comulgar de rodillas.
Aduciendo una presunta «desobediencia» y normas restrictivas, se amedrentó a fieles sencillas cuyo único "delito" fue expresar su fe con una postura de reverencia tradicional.
Mons. Damian Nannini bendiciendo la imagen de Carlos Antonio Di Pietro, religioso asuncionista desaparecido durante la dictadura cívico militar.
Nuestro derecho como fieles
La libertad para comulgar de rodillas no es un capricho ni una desobediencia; es un derecho garantizado por la Iglesia que es Madre y Maestra, y que por siglos adoptó la práctica para recibir el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor, para mayor devoción y respeto. Además, negar la comunión en la lengua o de rodillas es una infracción grave a las normas vigentes de la Santa Sede. Así también, es ocasión de innúmeros sacrilegios el omitir la necesidad de la vida de la Gracia y la confesión para recibir dignamente la Eucaristía. Administrar la sagrada forma a gente que no está bautizada, no está en estado de gracia, no tiene una intención recta, no tiene la hora de ayuno y no se acerca con una actitud de respeto y decoro adecuado es un sacrilegio que clama al Cielo, es hacerles comer y beber su propia condenación (1 Cor. 11, 29) y son responsabilidades gravísimas con las que ustedes, pastores, deberán cargar en el día del Juicio. Quiera Dios concederles antes el arrepentimiento. Horrenda carga el ser «reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Cor. 11, 27)
El derecho a la adoración que tiene Dios y el deber y derecho de los fieles a expresarlo en la manera de comulgar no puede ser cercenado por el capricho ideológico de un obispo o un párroco. ¿Cómo puede entonces criminalizar el gesto de máxima humildad y adoración ante la presencia real de Cristo? ¿Cómo es posible que alguien que realmente tenga Fe permita y promueva los sacrilegios que antes mencionamos?
Gracias a Dios, este tipo de abusos no están pasando desapercibidos en Roma. Recientemente, representantes del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos llamaron la atención de forma privada a altos prelados de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), como al arzobispo Marcelo Colombo (Mendoza) y al obispo Gabriel Barba (San Luis), precisamente por imponer «normas restrictivas» que pretendían prohibir la comunión en la boca o de rodillas. El Vaticano ha sido claro: ninguna conferencia episcopal ni obispo diocesano tiene la potestad de recortar este derecho universal de los fieles. Quien lo hace, se coloca en situación de abierta desobediencia a la Sede Apostólica.
Venga al paso, el propio Papa recordó a los sacerdotes en la audiencia general del 27 de mayo la constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, exhortando a que respetaran estrictamente las normas de la liturgia para no generar confusiones.
Aquí se puede consultar el texto completo de la audiencia: Audiencia general del 27 de mayo de 2026 - Los documentos del Concilio Vaticano II. III. Constitución Sacrosanctum Concilium. 2. La reforma de la liturgia: tradición y desarrollo
La persecución silenciosa al clero
Este clima de control asfixiante e ideológico no solo afecta a los laicos, sino que se traduce en una presión y persecución silenciosa hacia los propios presbíteros. Contamos con el doloroso testimonio de sacerdotes jóvenes, de una línea pastoral clara y fiel a la Iglesia, que a lo largo de sus años de ordenación han visto cómo se los posterga y arrincona sistemáticamente. Este trato injusto y discriminatorio contrasta escandalosamente con la rápida promoción de perfiles de corte más liberal o progresista, aun cuando cuentan con mucha menos experiencia, capacidades y trayectoria.
Por favor, coherencia
La verdadera unidad de la Iglesia no nace de la de la uniformidad forzada a punta de sanciones y amenazas, ni del hostigamiento a las legítimas formas de piedad que la Iglesia ha custodiado por siglos. No se puede sostener el discurso de una «Iglesia en salida, misericordiosa y acogedora» si las puertas se entornan y se muestra el ceño fruncido para quienes buscan la solemnidad y el respeto sacramental, mientras se abre de par en par el presbiterio para la ligereza, y aún la profanación y el sacrilegio. Los obispos deben recordar que son sucesores de los Apóstoles, no monarcas absolutos
Exigimos, con caridad filial pero con la firmeza que nos da nuestra condición de bautizados, que los obispos y sacerdotes de la diócesis cesen de inmediato las amonestaciones arbitrarias y violentas en la fila de comunión, la desacralización litúrgica y el ultraje a la Sagrada Eucaristía.
Exigimos que se respeten la Fe y los Sacramentos, los derechos consagrados por la custodia de la Iglesia y por el derecho canónico, y que se termine con la sistemática persecución de quienes quieren ser fieles a la Iglesia, laicos y sacerdotes.
Somos conscientes de que la diócesis de San Miguel no es la única que sufre de estas calamidades. Sabemos que son situaciones que se han generalizado en la Iglesia argentina. De modo que exhortamos a todo sacerdote u obispo que llegue a leer esta nota que procure que no le quepa la terrible admonición de Jeremías 23, 2:
«Vosotros habéis dispersado mi grey, la habéis desparramado y no habéis cuidado de ella. He aquí que Yo os castigaré por la maldad de vuestras obras, dice Yahvé».
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